Nos movemos entre el odio y el amor con demasiada frecuencia, como si la elección del amor incluyera también el odio.
Otros dos parámetros entre los que nos movemos son la envidia y la compasión. No sé cómo llamar el que te dé pena alguien. Se trata de un que te dé pena en el que está inserta una cierta alegría por no estar tú en esa situación, por ser mejor, estar más dotado que esa persona. Además hay cierta dosis de paternalismo, como si el otro fuera subnormal o inferior a ti y necesitara necesariamente tu ayuda o tu consejo para salir de esa situación. Sé que estoy exagerando los rasgos, es como un aumento al microscopio para verlos mejor.
En la envidia hacia otra persona por su situación o sus cualidades hay tristeza por la propia situación, cierta sensación de no valía, cierto deseo de ver al otro en tu mismo nivel en esas escalas verticales en las que movemos nuestras relaciones. Limitando las relaciones con la ley de la gravedad, haciendo existir el arriba y abajo en las relaciones en vez de la dispersión atómica. ¡Muy terrícolamente atrasado!
Aceptar como posible y natural la variabilidad en las relaciones, el universo cambiante y móvil, la existencia a la vez de hayas y lagartijas. El valor de la existencia per se, de la vida por vida y por su mismo existir.
¿Qué pasa en nuestro cuerpo? ¿Se pelean sus partes?
Los ojos los tenemos arriba, ¿desprecian ellos a nuestros pies de barro?
Nuestros pies se mofan de los delirios de la cabeza; el ombligo bosteza aburrido; el corazón late desesperadamente, oscilando, movido como una hoja por el huracán de las emociones.
¿Cuál es la jerarquía? ¿Quién manda? ¿Quién vale más en nuestro cuerpo?
Termino con la imagen de mi hija durmiendo plácidamente en mi útero. Está cabeza arriba, no debe de entender mucho de fuerzas gravitatorias, de posiciones espaciales. Ya aprenderá que está en el planeta tierra y se nace boca abajo.
(Entrada en el diario del 30/10/1993. Mi hija no se dio la vuelta y nació por cesárea al día siguiente)