domingo, 14 de junio de 2015

El intérprete



Defiende tu sombrero por ridículo que parezca”


Fuimos a ver El Intérprete de Axier Etxeandia al teatro Circo de Marte en Santa Cruz de La Palma. No conocíamos la obra, no sabíamos a lo que íbamos; pero como vivimos en una isla pequeña a la que llegan pocas cosas, nos apuntamos a casi todo.


Cuando restauraron el teatro Circo de Marte respetaron la estructura y los asientos originales. Las butacas son pequeñas e incómodas, al de media hora de oír a Etxeandia cantando canciones que no me interesaban empecé a revolverme en el asiento.


Entonces la función se animó. Etxeandia saltó al patio de butacas con una botella y gritó “¡Que rule el tequila!” Nosotros nos convertimos en sus amigos invisibles de verdad. Durante dos horas y media el público dejamos de ser una masa anónima para transformarnos en “los amigos de Axier”.  Él se fue viniendo arriba y nosotros le seguimos entusiasmados. Nos enseñó como transformar un mal trago en la vida en un acto creativo y a compartirlo en una fiesta. Nos contó que no somos raros, ni estamos solos y que podemos ser amigos, aunque sea solo por dos horas. Resultó una función de teatro terapéutico, me recordó a Jodorowsky.


A la salida fui al baño de chicas; todas estábamos exultantes, comentábamos entre nosotras lo bien que lo habíamos pasado. No nos sentíamos desconocidas, nos ligaba el haber sido invitadas al mismo cumpleaños.


A Axier Etxeandia una amiga le dijo “Lo importante no es escoger el sombrero. Ni siquiera cómo te lo pones. Lo importante es que el sombrero que tienes lo defiendas.”


 Gracias, Axier, por compartir tu sombrero.

lunes, 16 de junio de 2014

Mujeres que corren con los lobos







El aullido: la resurrección de la Mujer Salvaje
 

La Loba
 

Los antiguos anatomistas decían que el nervio auditivo se dividía en tres o más caminos en el interior del cerebro. De ello deducían que el oído podía escuchar a tres niveles distintos. Un camino estaba destinado a las conversaciones mundanas. El segundo era para adquirir erudición y apreciar el arte y el tercero permitía que el alma oyera consejos que pudieran servirle de guía y adquiriera sabiduría durante su permanencia en la
tierra. Hay que escuchar por tanto con el oído del alma, pues ésta es la misión del cuento.
 

Hueso a hueso, cabello a cabello, la Mujer Salvaje regresa. A través de los sueños nocturnos y de los acontecimientos medio comprendidos y medio recordados. La Mujer Salvaje regresa. Y lo hace a través de los cuentos.
Inicié mi propia migración por Estados Unidos en los años sesenta, buscando un lugar donde pudiera asentarme entre los árboles, la fragancia del agua y las criaturas a las que amaba: el oso, la raposa, la serpiente, el águila y el lobo. Los hombres exterminaban sistemáticamente a los lobos en el norte de la región de los Grandes Lagos; dondequiera que fuera, los lobos eran perseguidos de distintas maneras. Aunque muchos los consideraban una amenaza, yo siempre me sentía más segura cuando había lobos en los bosques. Por aquel entonces, tanto en el oeste como en el norte, podías acampar y oír por la noche el canto de las montañas y el bosque.
Pero, incluso en aquellos lugares, la era de los rifles de mira telescópica, de los reflectores montados en jeeps y de los cebos a base de arsénico hacían que el silencio se fuera propagando por la tierra. Muy pronto las Montañas Rocosas se quedaron casi sin lobos. Así fue como llegué al gran desierto que se extiende mitad en México y mitad en Estados Unidos. Y, cuanto más al sur me desplazaba, tanto más numerosos eran los relatos que me contaban sobre los lobos.
Dicen que hay un lugar del desierto en el que el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos se reúnen a través del tiempo. Intuí que había descubierto algo cuando en la zona fronteriza de Texas oí un cuento llamado “La Muchacha Loba” acerca de una mujer que era una loba que a su vez era una mujer. Después descubrí el antiguo relato azteca de los gemelos huérfanos que fueron amamantados por una loba hasta que pudieron valerse por sí mismos.

La Loba
Hay una vieja que vive en un escondrijo del alma que todos conocen pero muy pocos han visto. Como en los cuentos de hadas de la Europa del este, la vieja espera que los que se han extraviado, los caminantes y los buscadores acudan a verla.
Es circunspecta, a menudo peluda y siempre gorda, y, por encima de todo, desea evitar cualquier clase de compañía. Cacarea como las gallinas, canta como las aves y por regla general emite más sonidos animales que humanos.
Podría decir que vive entre las desgastadas laderas de granito del territorio indio de Tarahumara. O que está enterrada en las afueras de Phoenix en las inmediaciones de un pozo. Quizá la podríamos ver viajando al sur hacia Monte Albán en un viejo cacharro con el cristal trasero roto por un disparo. O esperando al borde de la autovía cerca de El Paso o desplazándose con unos camioneros a Morella, México, o dirigiéndose al mercado de Oaxaca, cargada con unos haces de leña integrado por ramas de extrañas formas. Se la conoce con distintos nombres: La Huesera, La Trapera y La Loba.
 

La única tarea de La Loba consiste en recoger huesos. Recoge y conserva sobre todo lo que corre peligro de perderse. Su cueva está llena de huesos de todas las criaturas del desierto: venados, serpientes de cascabel, cuervos. Pero su especialidad son los lobos.
Se arrastra, trepa y recorre las montañas y los arroyos en busca de huesos de lobo y, cuando ha juntado un esqueleto entero, cuando el último hueso está en su sitio y tiene ante sus ojos la hermosa escultura blanca de la criatura, se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar.
Cuando ya lo ha decidido, se sitúa al lado de la criatura, levanta los brazos sobre ella y se pone a cantar. Entonces los huesos de las costillas y los huesos de las patas del lobo se cubren de carne y a la criatura le crece el pelo. La Loba canta un poco más y la criatura cobra vida y su fuerte y peluda cola se curva hacia arriba.
La Loba sigue cantando y la criatura lobuna empieza a respirar.
La Loba canta con tal intensidad que el suelo del desierto se estremece y, mientras ella canta, el lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa corriendo cañón abajo.
En algún momento de su carrera, debido a la velocidad o a su chapoteo en el agua del arroyo que está cruzando, a un rayo de sol o a un rayo de luna que le ilumina directamente el costado, el lobo se transforma de repente en una mujer que corre libremente hacia el horizonte, riéndose a carcajadas.
Recuerda que, si te adentras en el desierto y está a punto de ponerse el sol y quizá te has extraviado un poquito y te sientes cansada, estás de suerte, pues bien pudiera ser que le cayeras en gracia a La Loba y ella te enseñara una cosa… una cosa del alma.

Todos iniciamos nuestra andadura como un saco de huesos perdido en algún lugar del desierto, un esqueleto desmontado, oculto bajo la arena. Nuestra misión es recuperar las distintas piezas. Un proceso muy minucioso que conviene llevar a cabo cuando las sombras son apropiadas, pues hay que buscar mucho. La Loba nos enseña lo que tenemos que buscar, la fuerza indestructible de la vida, los huesos.
La tarea de La Loba se podría considerar un cuento milagro, pues nos muestra lo que puede ser beneficioso para el alma. Es un cuento de resurrección acerca de la conexión subterránea con la Mujer Salvaje. Nos promete que, si cantamos la canción, podremos conjurar los restos psíquicos del alma salvaje y devolverle su forma vital por medio de nuestro canto.

La Loba canta sobre los huesos que ha recogido. Cantar significa utilizar la voz del alma. Significa decir la verdad acerca del propio Poder y la propia necesidad, infundir alma a lo que está enfermo o necesita recuperarse. Y eso se hace descendiendo a las mayores profundidades del amor y del sentimiento hasta conseguir que el deseo de relación con el Yo salvaje se desborde para poder hablar con la propia alma desde este estado de ánimo. Eso es cantar sobre los huesos. No podemos cometer el error de intentar obtener de un amante este gran sentimiento de amor, pues el esfuerzo femenino de descubrir y cantar el himno de la creación es una tarea solitaria, una tarea que se cumple en el desierto de la psique.
Vamos a estudiar a La Loba propiamente dicha. En el léxico simbólico de la psique, el símbolo de la Vieja es una de las personificaciones arquetípicas más extendidas del mundo. Otras son la Gran Madre y el Padre, el Niño Divino, el Tramposo, la Bruja o el Brujo, la Doncella y la Juventud, la Heroína—Guerrera y el Necio o la Necia. Y, sin embargo, una figura como La Loba se puede considerar esencial y efectivamente distinta, pues es el símbolo de la raíz que alimenta todo un sistema instintivo.

En el Sudoeste, el arquetipo de la Vieja también se puede identificar como La Que Sabe. Comprendí por vez primera lo que era La Que Sabe cuando vivía en las montañas Sangre de Cristo de Nuevo México, al pie del Lobo Peak. Una anciana bruja de Ranchos me dijo que La Que Sabe lo sabía todo acerca de las mujeres y había creado a las mujeres a partir de una arruga de la planta de su divino pie: por eso las mujeres son criaturas que saben, pues están hechas esencialmente con la piel de la planta del pie que lo percibe todo. La idea de la sensibilidad de la planta del pie me sonaba a verdadera, pues una vez una mujer culturalizada de la tribu quiché me dijo que se había puesto sus primeros zapatos a los veinte años cuando aún no estaba acostumbrada a caminar con los ojos vendados.
 

La esencia salvaje que habita en la naturaleza ha recibido distintos nombres y ha formado una red de líneas entrecruzadas en todas las naciones a lo largo de los siglos. He aquí algunos de sus nombres: La Madre de los Días es la Madre—Creador—Dios de todos los seres y todas las obras, incluidos el cielo y la tierra; la Madre Nyx ejerce su dominio sobre todas las cosas del barro y la oscuridad; Durga controla los cielos, los vientos y los pensamientos de los seres humanos a partir de los cuales se difunde toda la realidad; Coatlicue da a luz al universo niño que es un bribonzuelo de mucho cuidado, pero, como una madre loba, le muerde la oreja para meterlo en cintura; Hécate es la vieja vidente que “conoce a los suyos” y está envuelta en el olor de la tierra y el aliento de Dios. Y hay muchas, muchas más. Todas ellas son imágenes de quién y qué vive bajo la montaña, en el lejano desierto y en lo más profundo.
Cualquiera que sea su nombre, la fuerza personificada por La Loba encierra en sí el pasado personal y el antiguo, pues ha sobrevivido generación tras generación y es más vieja que el tiempo. Es la archivera de la intención femenina y la conservadora de la tradición de la hembra. Los pelos de su bigote perciben el futuro; tiene la lechosa y perspicaz mirada de una vieja bruja; vive simultáneamente en el presente y en el pasado y subsana los errores de una parte bailando con la Otra.
La vieja, La Que Sabe, está dentro de nosotras. Prospera en la más profunda psique de las mujeres, en el antiguo y vital Yo salvaje. Su hogar es aquel lugar del tiempo en el que se juntan el espíritu de las mujeres y el espíritu de La Loba, el lugar donde se mezclan la mente y el instinto, el lugar donde la vida profunda de una mujer es el fundamento de su vida corriente. Es el lugar donde se besan el Yo y el Tú, el lugar donde las mujeres corren espiritualmente con los lobos.
Esta vieja se encuentra situada entre los mundos de la racionalidad y del mito. Es el eje en torno al cual giran los dos mundos. La tierra que se interpone entre ambos es ese inexplicable lugar que todas reconocemos en cuanto llegamos a él, pero sus matices se nos escapan y cambian de forma cuando tratamos de inmovilizarlos, a no ser que usemos la poesía, la música, la danza o un cuento.
Se ha aventurado la posibilidad de que el sistema inmunitario del cuerpo esté enraizado en esta misteriosa tierra psíquica, al igual que la mística, las imágenes y los impulsos arquetípicos, incluidos nuestra hambre de Dios, nuestro anhelo de misterio y todos los instintos no sólo sagrados sino también profanos. Algunos podrían decir que los archivos de la humanidad, la raíz de la luz, la espiral de la oscuridad también se encuentran aquí. No es un vacío sino más bien el lugar de los Seres de la Niebla en el que las cosas son y todavía no son, en el que las sombras tienen consistencia, pero una consistencia transparente.
De lo que no cabe duda es de que esta tierra es antigua… más antigua que los océanos. Pero no tiene edad, es eterna. El arquetipo de la Mujer Salvaje es el fundamento de este estrato y emana de la psique instintiva. Aunque puede asumir muchos disfraces en nuestros sueños y en nuestras experiencias creativas, no pertenece al estrato de la madre, la doncella o la mujer media y tampoco es la niña interior. No es la reina, la amazona, la amante, la vidente. Es simplemente lo que es. Se la puede llamar La Que Sabe, la Mujer Salvaje, La Loba, se la puede designar con sus nombres más elevados y con los más bajos, con sus nombres más recientes o con los antiguos, pero sigue siendo lo que es.
 

La Mujer Salvaje como arquetipo es una fuerza inimitable e inefable que encierra un enorme caudal de ideas, imágenes y particularidades. Hay arquetipos en todas partes, pero no se los puede ver en el sentido habitual. Lo que vemos de ellos de noche no se puede ver necesariamente de día.
Descubrimos vestigios del arquetipo en las imágenes y los símbolos de los cuentos, la literatura, la poesía, la pintura y la religión. Al parecer, la finalidad de su resplandor, de su voz, de su fragancia, es la de apartarnos de la contemplación de la porquería que cubre nuestras colas y permitirnos viajar de vez en cuando en compañía de las estrellas.
 

Toda mujer tiene potencialmente acceso al Río bajo el Río. Llega allí a través de la meditación profunda, la danza, la escritura, la pintura, la oración, el canto, el estudio, la imaginación activa o cualquier otra actividad que exija una intensa alteración de la conciencia. Una mujer llega a este mundo entre los mundos a través del anhelo y la búsqueda de algo que entrevé por el rabillo del ojo. Llega por medio de actos profundamente creativos, a través de la soledad deliberada y del cultivo de cualquiera de las artes. Y, a pesar de todas estas actividades tan bien practicadas, buena parte de lo que ocurre en este mundo inefable sigue envuelta en el misterio, pues rompe todas las leyes físicas y racionales que conocemos. 

lunes, 29 de abril de 2013

Viaje en barca con siete enanitos


Yo iba en una barca navegando por un arroyo de montaña. Conmigo iban los siete enanitos: Nervioso, Perezoso, Miedoso, Tristón, Gruñón, Cursi e Inseguro. Cada uno llevaba un pequeño remo y me ayudaba con la embarcación; aunque no creo que hicieran mucho trabajo: sus manos eran muy pequeñas.

En un momento del trayecto, el enanito Gruñón se encaró con dos de sus compañeros, Tristón y Cursi, y acabó golpeando con el remo a Tristón. Me enfadé con Gruñón, pero no atendió a razones. Empezó a insultarnos y se levantó de su sitio, haciendo oscilar peligrosamente  la barca. Estaba creando muy mal ambiente, así que lo tiré por la borda.

Seguimos adelante. Tristón, el enano que iba sentado en el asiento de delante de Gruñón, empezó a llorar. Primero lo hizo suavecito, luego sus sollozos se hicieron incontenibles. Traté de calmarle, pero su llanto se hizo todavía más sonoro. Me acabé hartando. Estaba creando muy mal ambiente, así que lo tiré por la borda.

A continuación a Nervioso, el enanito que iba en la parte delantera izquierda, se le agudizaron sus tics: giraba los ojos a toda velocidad, movía continuamente los dedos de ambas manos, desencajaba la mandíbula… Traté de tranquilizarlo, pero como estaba creando muy mal ambiente lo tiré por la borda.

Volví a mi puesto en el centro de la barca. A mi derecha Cursi estaba recostado sobre la borda. Con su mano rozaba lánguidamente la superficie del agua. Le llamé al orden y le dije que cogiera el remo, pero Cursi se quedó mirando con ojos somnolientos una mariposa que pasó por encima de la barca, mientras recitaba unos versos de Bécquer. Esto me sacó de mis casillas, estaba creando muy mal ambiente, así que lo tiré por la borda. Sin embargo no fue el único que no remaba. En el lado izquierdo, Perezoso se había quedado dormido y Miedoso miraba el río veloz con sus dientes castañeteando. No podía contar con ellos. Estaban creando muy mal ambiente, así que los tiré por la borda. Ya solo quedaba Inseguro, que llevaba en popa el  remo del timón. La barca zigzagueaba y estuvimos a punto de estrellarnos contra unas tocas. Que más me daba perder  el último enano. Ya me las arreglaría yo solo. Me levanté, lo cogí y lo tiré por la borda.

En estas el río adquirió una velocidad aterradora. La barca era arrastrada por aquellas aguas tumultuosas y yo no podía controlarla. Seguramente estaba llegando a los rápidos. Me di cuenta de que sin la ayuda de mis enanos nunca conseguiría sortearlos. Aunque tenían poca fuerza y eran un poco desastre, se podía confiar en ellos en los momentos difíciles. A duras penas conduje la barca hasta la orilla, la saqué del agua y me fui por tierra a buscar a mis enanos. No me costaría convencerlos para volver conmigo, eran muy fieles. No es que los apreciara más o los fuera a aguantar mejor, pero ahora sabía que los necesitaba.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Pésames


Mi tía Tere, tras la muerte de su marido, eligió una estrella, lo situó allí y todas las noches habla con él.
En nuestro particular universo, a medida que nuestro mapa terrestre va despoblándose de figuras familiares, el número de estrellas con nombre propio va aumentando en el firmamento.
Hace poco surgió una nueva estrella llamada Joserra y nosotros nos quedamos sin la tranquila presencia de mi cuñado. Mi hermana ha estado sumergida en los ritos propios de la muerte de un ser querido. Funeral, entierro, condolencias, abrazos, recuerdos…
Hemos decidido transcribir un listado de frases, al más puro estilo Carandell, entresacadas de lo que hemos oído en estos días.
Hubo quien, al conocer la noticia por boca de mi hermana, le dijo mirándole fijamente:
-Vaya disgusto que me das. No me lo puedo ni creer. ¡Desde luego! ¡Me has dejado hecho polvo!
También estuvo el despistado que le preguntó:
-Oye, ¿qué relación tienes con la que apareció en una esquela el otro día?
Hay quien se apena más que la propia interesada y se queda mirando a mi hermana como esperando que sea ella la que le consuele: “¡Qué pena, verdad, qué triste! ¡Era tan joven!”
Dentro del apartado de recomendaciones para superar el duelo se dieron también varios tipos:
a)    Aquellos que le hablan de los beneficios de la ayuda profesional y poco menos que le acompañan a la puerta del psicólogo.
b)    Alguna le sugirió  “ni se te ocurra dejar de beber tus cervecitas” incitándole a buscar consuelo en la bebida.
c)    Una mujer ya mayor lo solucionó drásticamente con un “¡Búscate a otro!”

Hubo más. Son días de acercamientos, confidencias, abrazos y besos. Mi hermana acabó con urticaria en una mejilla, no sabemos si por la falta de afeitado de algunos hombres o el efecto alérgico de algún perfume.
Sabemos que todo ha sido con la mejor intención, mi hermana lo agradece. Pero estos días de tristeza y de ausencia nos permitimos reír recordando las pequeñas humanidades de los que nos acompañan.

sábado, 4 de febrero de 2012

Solo el amor 2

Hola Lena:
Te escribo desde otra isla. Vine para juntarme con unos amigo y, la verdad, la reunión fue muy interesante y fructífera.
Hoy he estado dándole vueltas a aspectos que conversamos ayer.
Por ejemplo, comentamos que somos un continuo de energía, de partículas, sin limites precisos. Esta realidad no la percibimos. Cuando esas partículas se amontonan, la energía se hace más densa, percibimos la materia.
Algo parecido creo yo que sucede en las relaciones. percibimos el poder, cuando las "partículas relacionales" se intensifican, se hacen más densas.
pero el amor son justamente las partículas fluyendo libres, más difícil de apreciar, pero el componente más habitual en nuestras relaciones, la salsa del guiso, el líquido de la sopa, lo que impregna todo.
Hoy, recordando la reunión de ayer he visto nuestros límites, nuestras torpezas.
Mi manera de expresarme, contundente, algo brusca, apasionada; en realidad soy como un caracolillo marino que sale de su concha y monta un espectáculo de ferocidad para aparentar ser más fuerte y que no le devoren.
La manera de expresarse de otra amiga, como diciendo, ¡quiéreme! ¡quíéreme!
veo esas torpezas y veo el impulso a expresarse, a comunicar, a pesar de tanto miedo y tanto condicionamiento. Veo la grandeza del ser humano. Ese ser de piel desnuda, temeroso de ser lastimado y capaz de generar la salsa, el líquido, el amor; aquello que no se ve pero que nos envuelve.
Quizás no parece tan potente y con tanta capacidad de cambio como el poder, pero es absolutamente transformador, la piedra filosofal que convierte en oro el barro de nuestros límites.

domingo, 29 de enero de 2012

Solo el amor alumbra lo que perdura

Querida Lena:
Hoy me he levantado pensando que, quizás, nuestras debilidades, nuestros límites, nuestras partes oscuras tengan como propósito el desarrollar el amor, la comprensión y la aceptación de eso que no nos gusta.
Al fin y al cabo, solo el  amor alumbra lo que perdura, solo el amor convierte en milagro el barro

sábado, 21 de enero de 2012

...pues el delito mayor del hombre es haber nacido

Querida Lena:
Hoy me he despertado como la viejilla 
que estoy empezando a ser, con dolores en las articulaciones y en el alma.
Muchas veces, en muchas actividades, en grandes áreas de mi vida siento un malestar incesante, como un ruido de fondo que permanece constante.
No ahora, cuando escribo esto. Ahora me siento ligera, relajada y feliz.
Pero volviendo a esta mañana, tuve una imagen clarísima de mí misma. Me veía como un caballo cuyo jinete es la culpa. La culpa me espolea, me dirige, tira de las riendas. Yo corro a galope tendido, tratando de alcanzar algo que me libere de tan molesto jinete, pero es él quien dirige, nunca me conducirá a desembarazarme de él. Delante de mis ojos, a modo de señuelo, llevo un trapo amarrado a un palo. Se mantiene invariable a la misma distancia, por más que corra nunca lo podré alcanzar. Es una trampa para mantenerme corriendo.
El trapo es la perfección, el éxito, todo lo que quiero hacer bien para escapar de la culpa.
Paso de imagen, de diapositiva.
En la siguiente aparece un Dios tonante, señor todopoderoso con el triángulo en la cabeza, el ojo que todo lo ve, que vigila todo lo que hago y lo pesa en la balanza. Casi siempre el platillo se inclina hacia la M de mal..
Yo soy mujer. Dentro llevo esta imagen masculina del poder, del juez, del creador de culpa. Pero la culpa, el jinete, puede disfrazarse. Puede aparecer con el aspecto y la voz de Carlos o de cualquier compañera de trabajo. El canal para que aparezca está abierto, tiene una autopista formada en mis conexiones neuronales.
Soy mujer, también tengo una diapositiva de la diosa, de la madre que invalida, que me dice constantemente: tú no vales, nada de lo que haces sirve, no deberías haber nacido.
La siguiente diapositiva es la consecuencia: me duele profundamente. Se ve una huerfanita llorando, abandonada, viviendo una situación injusta.
Luego aparece otra imagen: la reacción. La rabia, Kali la negra. Mataría a la culpa, al jinete, a Dios; me dañaría a mí misma, al caballo, para liberarme. Rabia, odio, destrucción.
Ninguna de estas imágenes me libera, me produce bienestar.
Todas son mi herencia.
Cargo con ellas, pero no me siento atada inexorablemente a ellas. Siento que en esta partida, puedo jugarlas o no. Siento que puedo elegir.
Apago el proyector. No quiero más imágenes ni más teorías. Solo hago conectar con lo que vivo.
Atravieso la puerta, saludo, estoy bien.

…….
qué delito cometí   
contra vosotros naciendo;   
aunque si nací, ya entiendo   
qué delito he cometido.   
Bastante causa ha tenido   
vuestra justicia y rigor;   
pues el delito mayor   
del hombre es haber nacido.
Calderón de la Barca - La vida es sueño