Yo iba en una barca navegando por un arroyo de montaña.
Conmigo iban los siete enanitos: Nervioso, Perezoso, Miedoso, Tristón, Gruñón,
Cursi e Inseguro. Cada uno llevaba un pequeño remo y me ayudaba con la
embarcación; aunque no creo que hicieran mucho trabajo: sus manos eran muy
pequeñas.
En un momento del trayecto, el enanito Gruñón se encaró con
dos de sus compañeros, Tristón y Cursi, y acabó golpeando con el remo a
Tristón. Me enfadé con Gruñón, pero no atendió a razones. Empezó a insultarnos
y se levantó de su sitio, haciendo oscilar peligrosamente la barca. Estaba creando muy mal ambiente,
así que lo tiré por la borda.
Seguimos adelante. Tristón, el enano que iba sentado en el
asiento de delante de Gruñón, empezó a llorar. Primero lo hizo suavecito, luego
sus sollozos se hicieron incontenibles. Traté de calmarle, pero su llanto se
hizo todavía más sonoro. Me acabé hartando. Estaba creando muy mal ambiente,
así que lo tiré por la borda.
A continuación a
Nervioso, el enanito que iba en la parte delantera izquierda, se le agudizaron
sus tics: giraba los ojos a toda velocidad, movía continuamente los dedos de
ambas manos, desencajaba la mandíbula… Traté de tranquilizarlo, pero como
estaba creando muy mal ambiente lo tiré por la borda.
Volví a mi puesto en el centro de la barca. A mi derecha
Cursi estaba recostado sobre la borda. Con su mano rozaba lánguidamente la
superficie del agua. Le llamé al orden y le dije que cogiera el remo, pero
Cursi se quedó mirando con ojos somnolientos una mariposa que pasó por encima
de la barca, mientras recitaba unos versos de Bécquer. Esto me sacó de mis
casillas, estaba creando muy mal ambiente, así que lo tiré por la borda. Sin
embargo no fue el único que no remaba. En el lado izquierdo, Perezoso se había
quedado dormido y Miedoso miraba el río veloz con sus dientes castañeteando. No
podía contar con ellos. Estaban creando muy mal ambiente, así que los tiré por
la borda. Ya solo quedaba Inseguro, que llevaba en popa el remo del timón. La barca zigzagueaba y
estuvimos a punto de estrellarnos contra unas tocas. Que más me daba
perder el último enano. Ya me las
arreglaría yo solo. Me levanté, lo cogí y lo tiré por la borda.
En estas el río adquirió una velocidad aterradora. La barca
era arrastrada por aquellas aguas tumultuosas y yo no podía controlarla.
Seguramente estaba llegando a los rápidos. Me di cuenta de que sin la ayuda de
mis enanos nunca conseguiría sortearlos. Aunque tenían poca fuerza y eran un
poco desastre, se podía confiar en ellos en los momentos difíciles. A duras
penas conduje la barca hasta la orilla, la saqué del agua y me fui por tierra a
buscar a mis enanos. No me costaría convencerlos para volver conmigo, eran muy
fieles. No es que los apreciara más o los fuera a aguantar mejor, pero ahora
sabía que los necesitaba.
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