lunes, 29 de abril de 2013

Viaje en barca con siete enanitos


Yo iba en una barca navegando por un arroyo de montaña. Conmigo iban los siete enanitos: Nervioso, Perezoso, Miedoso, Tristón, Gruñón, Cursi e Inseguro. Cada uno llevaba un pequeño remo y me ayudaba con la embarcación; aunque no creo que hicieran mucho trabajo: sus manos eran muy pequeñas.

En un momento del trayecto, el enanito Gruñón se encaró con dos de sus compañeros, Tristón y Cursi, y acabó golpeando con el remo a Tristón. Me enfadé con Gruñón, pero no atendió a razones. Empezó a insultarnos y se levantó de su sitio, haciendo oscilar peligrosamente  la barca. Estaba creando muy mal ambiente, así que lo tiré por la borda.

Seguimos adelante. Tristón, el enano que iba sentado en el asiento de delante de Gruñón, empezó a llorar. Primero lo hizo suavecito, luego sus sollozos se hicieron incontenibles. Traté de calmarle, pero su llanto se hizo todavía más sonoro. Me acabé hartando. Estaba creando muy mal ambiente, así que lo tiré por la borda.

A continuación a Nervioso, el enanito que iba en la parte delantera izquierda, se le agudizaron sus tics: giraba los ojos a toda velocidad, movía continuamente los dedos de ambas manos, desencajaba la mandíbula… Traté de tranquilizarlo, pero como estaba creando muy mal ambiente lo tiré por la borda.

Volví a mi puesto en el centro de la barca. A mi derecha Cursi estaba recostado sobre la borda. Con su mano rozaba lánguidamente la superficie del agua. Le llamé al orden y le dije que cogiera el remo, pero Cursi se quedó mirando con ojos somnolientos una mariposa que pasó por encima de la barca, mientras recitaba unos versos de Bécquer. Esto me sacó de mis casillas, estaba creando muy mal ambiente, así que lo tiré por la borda. Sin embargo no fue el único que no remaba. En el lado izquierdo, Perezoso se había quedado dormido y Miedoso miraba el río veloz con sus dientes castañeteando. No podía contar con ellos. Estaban creando muy mal ambiente, así que los tiré por la borda. Ya solo quedaba Inseguro, que llevaba en popa el  remo del timón. La barca zigzagueaba y estuvimos a punto de estrellarnos contra unas tocas. Que más me daba perder  el último enano. Ya me las arreglaría yo solo. Me levanté, lo cogí y lo tiré por la borda.

En estas el río adquirió una velocidad aterradora. La barca era arrastrada por aquellas aguas tumultuosas y yo no podía controlarla. Seguramente estaba llegando a los rápidos. Me di cuenta de que sin la ayuda de mis enanos nunca conseguiría sortearlos. Aunque tenían poca fuerza y eran un poco desastre, se podía confiar en ellos en los momentos difíciles. A duras penas conduje la barca hasta la orilla, la saqué del agua y me fui por tierra a buscar a mis enanos. No me costaría convencerlos para volver conmigo, eran muy fieles. No es que los apreciara más o los fuera a aguantar mejor, pero ahora sabía que los necesitaba.